
La circularidad ya no es una promesa: el Global Circularity Protocol (GCP) y su aplicabilidad en Venezuela

En el mundo de la sostenibilidad corporativa, a menudo nos encontramos navegando en un mar de siglas, marcos teóricos y buenas intenciones que, lamentablemente, no siempre tocan tierra firme. Sin embargo, el reciente lanzamiento del Global Circularity Protocol (GCP) por parte del WBCSD y One Planet Network representa un cambio de marea que, desde mi perspectiva, no podemos ignorar.
Durante años, he visto cómo empresas venezolanas luchan por mantener la eficiencia operativa en medio de la volatilidad. En nuestro contexto, hablar de “economía circular” a veces suena a lujo del primer mundo. Pero si analizamos el GCP con detenimiento, descubrimos que no es un manual para utopías inalcanzables, sino una caja de herramientas pragmática para la resiliencia y la eficiencia, dos monedas de oro en nuestra economía.
Más allá del marketing: datos que obligan a actuar
El valor central del GCP es que deja atrás la circularidad puramente declarativa. El Protocolo propone indicadores basados en flujos de masa y en límites operativos estandarizados que exigen documentar supuestos, fuentes y metodologías. Entre los indicadores centrales están: % de entrada circular, % de potencial de recuperación, % de recuperación real, desmaterialización absoluta y relativa, y vida útil real, como herramientas que convierten narrativas en datos accionables.
Para el empresario venezolano, esto es crucial. El protocolo introduce la distinción vital entre el Potencial de Recuperación (diseño teórico) y la Recuperación Real (lo que efectivamente se recicla). En un país donde la infraestructura de gestión de residuos presenta brechas importantes, esta métrica es un baño de realidad. Nos obliga a mirar más allá de nuestras puertas y preguntarnos: ¿Ese envase que diseñé realmente se está reciclando? Si se reporta un 0% de recuperación real por falta de datos, el GCP exige documentar esa hipótesis, identificar fuentes alternativas de información y presentar un plan para cerrar esa brecha (acuerdos con gestores locales, muestreos, pilotos).
Alcances operativos: ordenar lo que antes era caos
El GCP propone un marco de alcances operativos que clasifica los flujos según el nivel de control (directo vs. indirecto) y ayuda a evitar dobles contabilidades, inspirado en los alcances del Protocolo de GEI. El GCP nos invita a medir los flujos bajo tres lentes:
- Scope A y B (Control directo): Lo que entra y sale de nuestras operaciones, donde tenemos injerencia inmediata.
- Scope C (Control indirecto): Lo que sucede aguas arriba y aguas abajo en la cadena de valor. En Venezuela, donde las cadenas de suministro pueden ser impredecibles, mapear estos flujos nos permite identificar riesgos de suministro antes de que se conviertan en crisis. No se trata solo de ser ecológicos; se trata de saber de dónde vienen mis insumos críticos y qué tan vulnerable soy a su escasez.
- Scope D (Impacto sistémico): Aunque el protocolo aclara que este alcance está en desarrollo para la Versión 2.0, su inclusión conceptual marca el norte a futuro. Este alcance medirá la contribución a la economía circular en otras partes del sistema económico, fuera de nuestra cadena directa.
En Venezuela, donde las cadenas de suministro pueden ser impredecibles, mapear estos flujos bajo el Scope C nos permite identificar riesgos de suministro antes de que se conviertan en crisis. No se trata solo de ser ecológicos; se trata de saber de dónde vienen mis insumos críticos y qué tan vulnerable soy a su escasez. El protocolo convierte la gestión de riesgos de recursos en una ventaja competitiva.
Lo social no es un añadido: es núcleo del éxito circular
Quizás el punto donde el GCP resuena con más fuerza en nuestro contexto es su énfasis en el Impacto Social y la “Transición Justa”. A diferencia de otros estándares técnicos, el GCP incluye explícitamente la evaluación de riesgos y oportunidades sociales, reconociendo el papel del sector informal y la calidad del empleo.
En Venezuela, los recuperadores de base y el sector informal son la columna vertebral del reciclaje. El GCP nos da, por primera vez, un estándar global que visibiliza la necesidad de integrar, formalizar y dignificar este trabajo como parte de la métrica de éxito de una empresa. Implementar el GCP aquí significa que cuando una empresa reporta sus logros circulares, también debe mirar cómo esas estrategias impactan a las comunidades y trabajadores que hacen posible esa recuperación. Es una oportunidad de oro para generar valor social tangible.
Desmaterialización: la eficiencia que también es ahorro
Finalmente, el módulo de “Narrow and Slow the Loop” (Estrechar y Ralentizar el ciclo) introduce indicadores de desmaterialización absoluta y relativa. En una economía donde el acceso a materias primas vírgenes puede ser costoso o complejo, aprender a entregar el mismo valor con menos material no es solo una estrategia ambiental, es una estrategia financiera inteligente. Medir la vida útil real de nuestros productos y su intensidad material nos permite desacoplar el crecimiento del consumo de recursos, algo esencial para la sostenibilidad financiera a largo plazo.
El Global Circularity Protocol es un lenguaje común que nos permite a los consultores y empresas venezolanas sentarnos a la mesa global con datos creíbles, comparables y auditables.
Mi recomendación para los líderes empresariales en Venezuela es clara: Utilicen el marco del GCP, con su enfoque de “viaje progresivo” (comenzando desde un nivel de Iniciación), para ordenar la casa, identificar ineficiencias ocultas y construir una resiliencia que vaya más allá de la coyuntura.
La economía circular en Venezuela deja de ser una teoría abstracta para convertirse, gracias a herramientas como esta, en un plan de gestión medible. El futuro pertenece a quienes puedan demostrar, con datos en mano, que son capaces de crear valor regenerativo en cualquier circunstancia.

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